Una campaña que ya no será la imaginada y oportunidades del otro lado del océano
Lamentablemente, una vez más el clima vuelve a recordar crudamente el elevado riesgo de producir a cielo abierto en Argentina. En sur de Córdoba se convirtió en los últimos dos meses en una zona de esquivas tormentas y milímetros de lluvia muy por debajo de los registros históricos, lo que ya comenzó a traducirse en un marcado deterioro en los lotes, con pérdidas de rindes que se materializarán cuando las cosechadoras ingresen a hacer su tarea. El cielo “se cerró” justo en un momento de máxima demanda de los cultivos, cuando las altas temperaturas y las horas de sol son mayores. Las plantas empezaron a acusar el impacto y el productor ya sabe que las muy buenas expectativas que había al momento de la siembra, en esta región del país, no se cumplirán. Hay daños ya irreversibles.
La descripción de la situación es parte de lo que habitualmente padecieron generaciones de productores, simplemente por las características de su trabajo. Pero cuando las condiciones son tan desfavorables también descubren otras falencias de un sistema que requiere ser reseteado. Cuando las campañas son buenas, las dificultades suelen quedar disimuladas; como ocurre en otros ámbitos con los éxitos. No es que no haya cosas por corregir.
En la actividad agropecuaria es mucha la tarea por delante y más en estos momentos de convulsión mundial y cuando la ventana de oportunidad de la Unión Europea intenta finalmente abrirse. Es de esperar que el acuerdo Mercosur-UE traiga aparejadas condiciones más favorables para el intercambio de los productos agropecuarios argentinos. Es imperioso acelerar entonces en las mejoras de esas condiciones de producción que son las extraclimáticas. El productor tiene en claro y lleva en los genes la posibilidad de adversidades ambientales. Pero sigue sin poder asimilar los palos en la rueda que le siguen poniendo decisiones tomadas por gestiones que en su momento echaron mano a recursos de fácil recaudación y de un daño silencioso a largo plazo. Hoy los costos de aquellas medidas están a la vista con una pérdida de competitividad de la producción, limitaciones severas en su desarrollo y un nivel de inversión por debajo de las potencialidades. Concretamente, ante las oportunidades internacionales y las malas condiciones climáticas que vienen soportando los productores, se hace cada vez más urgente empezar a remover ciertas piedras del camino.
Por delante hay una oportunidad de un salto cualitativo de exportaciones por una demanda de alto nivel, como es el mercado europeo dentro del concierto internacional. Pero la producción agropecuaria argentina sigue atada a viejos nudos. Más allá del resultado que arrojen las cosechadoras en los lotes, el Estado volverá a quedarse con una parte significativa de los granos por medio de las retenciones aún vigentes. Es cierto que el Gobierno actual avanzó en la quita definitiva de una parte de ese impuesto regresivo, en particular durante el año pasado. Es imperioso que acelere en ese rumbo. Y que además, el plan para liberar la potencialidad agropecuaria incluya reformas de fondo que se vienen dilatando y que la coyuntura ahora exige con más fuerza. Es el caso de la tributaria, que además de eliminar impuestos regresivos apunte a simplificar la gestión contable de empresas y emprendimientos; o la laboral, para desactivar de una vez la industria del juicio en el país, en donde las provincias también tienen tareas pendientes. Es necesario comenzar a dar pasos y dejar de lado las discusiones paralizantes que sólo demoraron el desarrollo del país. Ya no hay más tiempo que perder. Las potencialidades están y las oportunidades también.






