El volumen ya no garantiza una buena campaña para el productor agrícola
Los niveles récord de trigo no dejan de sorprender en la Argentina a medida que avanza la cosecha de norte a sur del territorio. De hecho, los cálculos oficiales de la Secretaría de Agricultura los ubicó en 24,7 millones de toneladas mientras algunas bolsas creen que se ubicará más próxima a las 25,5 millones de toneladas. Será un año récord en la historia productiva de ese cereal.
Como primera definición es claramente una buena noticia. Mejores rindes implican una oferta potente y un saldo exportador mucho mayor. Además, deja traslucir el trabajo y la inversión que se viene realizando en los lotes, más allá de las coyunturas y de los contratiempos, propios de la actividad y también de los ajenos.
Por otra parte, es más trabajo en servicios y consumo en el interior productivo.
Lo cierto es que esa primera valoración tiene después otra lectura tranquera adentro. Es que no siempre un buen volumen productivo implica un resultado económico extraordinario. Allí comienzan a jugar otras variables de peso que el productor sigue intentando remolcar.
Esa mayor producción implican más camiones en juego y más fletes, ya sean a un acopio o directamente a comercialización. Y es cuando comienza a notarse el deterioro de la infraestructura, que a su vez conlleva un sobrecosto por el alto riesgo que tienen los transportistas de dañar sus unidades en tránsito.
Cuando el productor entrega el cereal también advierte el precio en mano que recibe una vez aplicados los derechos de exportación, un impuesto que sigue con plena vigencia y que se lleva buena parte de la producción, en campañas buenas como esta o en malas, como algunas de las últimas. El Estado siempre se queda con su parte y el que arriesga y trabaja no tiene escapatoria aunque ese año haya sido pésimo. Es necesario concretar una rebaja tributaria efectiva y certera que erradique impuestos contraproducentes que limitan el despegue de la agricultura y del país. Las retenciones vienen operando como freno de mano de la producción, que de todos modos se las ingenia para lograr rindes como los actuales en trigo. Pero al revés, ¿cuántas más toneladas producidas podría tener la Argentina si no hubiesen existido los derechos de exportación, y no sólo en granos? Decenas de economías regionales padecieron hasta hace poco de esa carga y obligó a muchos productores a buscar nuevas opciones.
En la agenda que propone positivamente el gobierno, con modernización laboral y reforma tributaria, es hora de avanzar decididamente en un sendero de eliminación de retenciones.
Porque además, en un escenario en le que el precio del trigo se viene deprimiendo, fruto de la misma gran cosecha argentina, los márgenes de rentabilidad empiezan a agotarse. Entonces, más allá de la cantidad, con un precio a la baja, la misma presión tributaria y costos que no ceden, el resultado del trabajo está lejos de ser alentador.
Por eso hay que apurar los cambios necesarios aprovechando además el impulso que las urnas le dieron a la gestión y el cambio de clima que generaron en la sociedad. El Congreso está tomando desde esta semana un nuevo perfil y es hora de trabajar con seriedad, profundidad y máxima responsabilidad en las leyes necesarias para una salida que implique el menor costo posible.
Los legisladores, de las distintas bancadas, deberán estar a la altura de las circunstancias para garantizar que cada aprobación sea la mejor opción posible. Es tiempo de sumar y enriquecer con propuestas y compromiso las ideas de futuro.




