El diálogo entre las dos potencias y una bocanada de oxígeno

Desde hace más de cuatro años que se sostiene en el mundo un estado de guerra permanente y una tensión global con un abanico ampio de consecuencias, incluso para naciones muy alejadas de los puntos de conflicto, fruto de la interconexión casi en tiempo real entre los distintos países. Desde que Rusia decidió invadir Ucrania, a fines de febrero de 2022 que el planeta no pudo recuperar un tiempo de paz más o menos pleno. Y aquella decisión del Kremlin provocó, además de las secuelas propias de una guerra, un fuerte ruido en las economías del mundo. Hubo tensión en Europa por el abastecimiento de gas, sobrevoló la intención de replicar desde el Viejo Continente la avanzada rusa y hubo, en el mecado de commodities, un temblor por la relevancia de las dos naciones en la producción y comercialización de granos, especialmente trigo y maíz a través de los puertos del Mar Negro. Se sumó a eso la importancia de Rusia en el mercado global de fertilizantes.
Cuatro años después, y sin que aquel conflicto se haya apagado aún, se desató un nuevo foco bélico en Medio Oriente con la incursión de los Estados Unidos frente al régimen iraní. Si bien la tensión se focalizó y hasta aquí se pudo contener en el golfo y en los alrededores del Estrecho de Ormuz, las consecuencas otra vez fueron cuantiosas para todas las naciones del mundo. Lo más notorio tal vez fue lo que ocurrió con el combustible, que hasta el día de hoy sigue escalando y empujando costos alrededor del planeta. Pero junto con eso también se afectó a insumos claves para la producción agrícola como los fertilizantes, debido a que Medio Oriente es un proveedor fundamental.
En uno y otro escenario, las tensiones se agravan y por momentos parecen relajarse, pero el temor a una escalada siempre está latente en la medida en que no exista finalmente un entendimiento entre las partes que ponga punto final a ambas guerras.
En ese contexto de crisis mundial y agobiante tensión, con secuelas económicas graves, el encuentro que protagonizaron el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, y su par chino, Xi Jinping, en Beijing, es sin lugar a dudas una señal alentadora que permite imaginar un escenario con posibilidades más ciertas de menor crispación.


De hecho, uno de los primeros mensajes que salieron de la cumbre de los líderes de las mayores potencias mundiales fue que intervendrán para normalizar la circulación de barcos en el Estrecho de Ormuz, hoy un cuello de botella que impacta en el comercio del mundo, especialmente en el petróleo, gas y fertilizantes. Allí, la presión de China puede ser eficaz ante la ascendencia que tiene respecto al régimen iraní y su dependencia del crudo del golfo.
Pero además, también podría abrir la puerta para desescalar el conflicto comercial entre ambas potencias, especialmente en ebullición a partir de los aranceles disparados desde Washington, con foco en el gigane asiático. Vale recordar que ese fue un punto de conflicto entre ambas administraciones que también irradió hacia todo el planeta, desajustando equilibrios y provocando dificultades que no estaban previstas.
Volver a encausar esa relación va a transmitir más tranquilidad al mundo, y eso permitiría retomar escenarios de mayor normalidad comercial, claves para sectores especialmente vinculados al comercio exterior como el agro argentino, que mantienen vínculos estrechos con las dos potencias y que necesita de ambas para consolidar un trayecto de mayor internacionalización y mejores condiciones comerciales a futuro, lo que resultará a su vez clave para la recuperación de la economía toda.