Lesionar la conciencia y la sana discusión de los disensos
Una de las grandes virtudes que se sostuvo durante mucho tiempo en la provincia fue la convivencia racional entre distintos sectores de la vida política y desde allí, la interacción con la actividad privada. De ese clima de convivencia surgieron grandes iniciativas, enriquecidas por las distintas voces que pudieron intercambiar opiniones para alcanzar un mejor resultado final.
De hecho, a Córdoba se la reconoce puerta afuera por ese clima de convivencia que terminó convirtiéndose en una virtud y un capital distintivo. Tal vez hoy, en un mundo convulsionado y tensionado, eso cobre aún mayor valor. Por eso es innecesario y seguramente contraproducente lesionar ese logro alcanzado por los distintos actores de Córdoba a lo largo de los años.
Lo que se observó en los últimos días, especialmente a partir de lo ocurrido en la apertura de sesiones legislativas realizado en Laboulaye, debe ser un llamado de atención.
Es sabido que la actividad política conlleva un nivel de tensión que por momentos se amplifica, dentro de márgenes razonables. Esto último suele verse con mayor claridad durante los procesos electorales, cuando cada fuerza intenta ganar nitidez a partir de la confrontación de ideas.
Pero no es este un momento de esas características. Por el contrario, el país acaba de dejar atrás un proceso electoral que tuvo niveles altos de tensión hasta desembocar en las urnas el 26 de octubre. Eso contagió incluso a la economía y los argentinos volvieron a vivir momentos de creciente incertidumbre.
Si algo prometía el 2026 era una mayor tranquilidad desde esa óptica debido a que no tenía un calendario con elecciones. Eso, a su vez, generó la expectativa de que, por ejemplo, el Congreso pudiera tener un más productivo trabajo este año, a diferencia de lo que fue el segundo semestre de 2025, que estuvo prácticamente perdido, en un país que necesita de mucho aporte legislativo.
Pero el tipo de discusión planteado desde el domingo, que ya venía dando señales previas, entre el gobierno provincial y la oposición, contrastan con el clima que la provincia está acostumbrada a vivir en términos políticos.
Se especula con que la raíz de esa virulencia está asociada a los comicios de 2027, lo que terminaría de configurar un sinsentido. Ni el país, ni Córdoba, pueden darse el lujo de tener a sus principales dirigentes inmersos en un clima de campaña permanente. No es eso lo que los ciudadanos necesitan, esperan y quieren.
Hay demasiados problemas por resolver y mucho trabajo pendiente para la dirigencia. No es un momento para distraer energías ni atención en cuestiones menores de la política. Es hora de asumir plenamente la responsabilidad que el rol de cada uno impone. Para que el tránsito de los argentinos -y los cordobeses- hacia un mejor futuro sea lo menos traumático posible. A las dificultades económicas vigentes que padecen millones de argentinos, no se le puede cargar tensión política. Porque el resultado estuvo expuesto hace apenas unos meses atrás. No hay que imaginar nada cuando hay experiencia tan resiente.
Por eso, el inesperado clima que se desató en Córdoba en los últimos días obliga a desensillar y reencausar el debate político teniendo en cuenta los marcos razonables y el contexto que transita el país y la provincia, que claramente no amalgama con intereses mezquinos.
Córdoba debe cuidar con recelo el valor de la convivencia, el diálogo y el trabajo en conjunto que la hizo destacarse en momentos de fuertes tormentas a nivel nacional. Contagiarse de esos climas no le traerá más que perjuicios a futuro.




